Mi cuerpo, el otro | Mauricio Ortiz

Tengo mi cuerpo y poco más. Un pantalón y una camisa, un par de zapatos, un reloj ligeramente adelantado, unas gafas siempre sucias y en la mano, acaso, un libro viejo.

Enfermo y lo pierdo todo: la ropa, inútil, descansa guanga en la silla junto a la cama; los zapatos, ladeados en el suelo, son una tristeza de agujetas sueltas; sobre la mesilla de noche el reloj marca un tiempo que ya no es mío; vacías de ojos, las gafas se van de bruces; el libro sigue de largo con su sabiduría de siglos, y mi cuerpo, el cuerpo fiel y constante de todos los días, que se podía vestir y calzar, que podía desplazarse en el tiempo y el espacio, que podía olvidarse de sí, ya no es mi cuerpo, es el cuerpo de otro.

Además de tener mi cuerpo y estas discretas prendas y trebejos —bueno y, claro, la maldita hipoteca y el plástico quemante, el coche por verificar, el cine de los miércoles y el viaje ocasional, los amigos, la familia, los vicios providenciales— además de tener mi cuerpo tengo también algo que le es consustancial: la metáfora o, mejor, las metáforas, con que doy cuenta de él y con que lo construyo y termino de encarnarlo.

Cada época tiene una metáfora toral del cuerpo: el cuerpo cósmico de las sociedades animistas, un cuerpo sin solución de continuidad con el entorno circundante, donde una misma palabra significa a la vez piel y corteza de árbol o intestinos y lianas o músculo y pulpa de mango; el cuerpo sagrado, que es manifestación de la divinidad y cuya expresión se advierte a lo largo y ancho de las diversas Antigüedades y es la piedra angular del cristianismo; y el cuerpo máquina, surgido del dualismo cartesiano y llevado a su máxima expresión por el pensamiento biomédico moderno.

Esto no quiere decir, desde luego, que uno adopte pasivamente y como por ósmosis la metáfora bajo cuya égida le tocó nacer. Lo que ocurre con el cuerpo es algo más complejo y cada cual va elaborando a lo largo de la vida su metáfora personal para abordar el cuerpo ése tan suyo y tan particular. Bajo el asedio constante de aquella metáfora toral —asedio que en nuestros días se verifica en la propaganda oficial, en la palabrería mediática, en la publicidad, en el contacto directo y frecuente con la opinión médica, en los prejuicios domésticos—, bajo su asedio uno va deslizando observaciones que la complementan, la tuercen, la reinterpretan, la descalifican, la entronizan, la ridiculizan, y así, con mayor o menor imaginación, más informadamente o menos, con más o menos rebeldía, se va configurando una herramienta metafórica tan individual como una huella dactilar o el código genético. ¿Cómo y en qué medida interioriza uno las nociones vigentes de belleza y fealdad, de feminidad o masculinidad, de juventud y vejez, de salud y enfermedad, de vida y muerte? Hay estilos nacionales, sesgos regionales, narrativas familiares, imperativos biográficos. Al final, la metáfora personal del cuerpo es una quimera de extremidades y nariz mecánicas, tórax sagrado, abdomen cósmico, garras de jaguar y piel de cocodrilo.

Y entonces es perfectamente lógico encontrar a una persona que, tras ir al laboratorio a que le tomen una muestra de sangre para conocer el nivel de sus triglicéridos plasmáticos, vaya a misa de 8:00 a pedir por su salud, se presente a las 12:00 del mediodía en la pirámide de Cuicuilco a recibir la energía solsticial del universo, acuda al cardiólogo a las 3:00 de la tarde y al homeópata a las 6:00, prenda incienso después de la cena y termine su día con una pastilla de Viagra. El cuerpo quimera en todo su esplendor.

Si su metáfora acompaña al cuerpo día con día, exponiéndolo a la vez que lo construye, cuando el cuerpo enferma la metáfora entra en crisis en la misma proporción que lo hace la fisiología. La enfermedad requiere metáforas particulares. La enfermedad es también, a más de fiebre, dolores, humores pestilentes: metáfora.

De modo que cuando digo: “Tengo mi cuerpo y poco más… Enfermo y lo pierdo todo… y mi cuerpo, el cuerpo fiel y constante de todos los días, que se podía vestir y calzar, que podía desplazarse en el tiempo y el espacio, que podía olvidarse de sí, ya no es mi cuerpo, es el cuerpo de otro”, no hago otra cosa que ajustar mi metáfora corporal para enfrentar, a la par del caldo de gallina, los antibióticos y la cirugía, las agonías de mi cuerpo enfermo.

Es en esta metáfora, digamos de segundo orden, que me quiero enfocar el día de hoy: la metáfora que ejecuta una escisión entre mi cuerpo y yo.

Puede comenzar con esa pregunta que reportan casi sin excepción quienes reciben, por ejemplo, un diagnóstico de cáncer: “¿Por qué yo?” En el curso, más que documentado, que lleva a la psique del enfermo de la negación a la ira a la resignación, suena como imprescindible distanciarse de ese cuerpo que, si bien en sentido estricto no puede ser otro ni de otro, sí tiene de pronto otra fisiología y otro aspecto y otro estar en el mundo: se siente otro.

El cuerpo enfermo es tan exigente, demanda tanta atención y tanta energía psíquica, que tal vez la única manera de sostener el yo sea postulando esa otredad. Al otorgarle al cuerpo una identidad distinta de sí, el yo permanece, salva su propia identidad.

Hay también otro mecanismo, más concreto. Uno está acostumbrado a su cuerpo, a traerlo y llevarlo, a atender sus necesidades, a limitarle sus excesos, a detestarlo o damirarlo, pero cuando enferma lo primero que hace es ponerlo en otras manos: las del médico, el sacerdote, el chamán, el charlatán, el pariente cercano. Muy pronto deja de tener uno injerencia sobre ese cuerpo. Alguien más decide qué hacer con él, dónde colocarlo, qué se le da de comer, qué maniobras se le practican, qué se le escudriña y qué no. Es sólo natural que uno empiece a pensar que se trata del cuerpo de otro.

Un tercer mecanismo ayuda a estructurar la metáfora, vigente sobre todo en las enfermedades infecciosas y, nuevamente, en el cáncer: la imagen de la invasión, del intruso, del alien. La posesión. Un ente externo conquista el cuerpo, lo gobierna, y esto ya lo hace otro, de otro.

Buena parte del discurso moderno de la enfermedad, sobre todo cuando ésta es grave y mortal, se articula a partir de esta metáfora. Se la encuentra en películas, novelas, testimonios.

Tomo un ejemplo muy conocido en el que juega un papel nodal. Artemio Cruz está muriendo. Se le infarta el mesenterio. Dolor, vómito, sudores. Después de estar inconsciente quién sabe cuánto tiempo, abre por fin los ojos y trata de reconocerse reflejado en las incrustaciones de vidrio de una bolsa de mujer. Trata de recordar lo que le sucede, trata de ubicarse en su cuerpo, y concluye:

“Ayer Artemio Cruz estaba en su despacho y se sintió muy enfermo. Ayer no. Esta mañana. Artemio Cruz. No enfermo no. No Artemio Cruz no. Otro. En un espejo colocado frente a la cama del enfermo. El otro. Artemio Cruz está enfermo: no vive: no, vive. Artemio Cruz vivió. Vivió durante algunos años… Años no añoró: años no no. Vivió durante algunos días. Su gemelo. Artemio Cruz. Su doble. Ayer Artemio Cruz, el que sólo vivió algunos días antes de morir, ayer Artemio Cruz… que soy yo… y este otro… ayer…”

Mientras no enferma, Artemio Cruz no está escindido. Es la enfermedad la que da sentido al otro, al doble, al gemelo, y esto es lo que a su vez le da a Fuentes la coartada para estructurar su novela en las tres voces: yo, tú, él, que se suceden una a otra pero que también se mezclan y se vuelven a mezclar, estableciendo la distancia necesaria entre el cuerpo agonizante y su memoria, para que ésta pueda contar su vida mientras aquel se dedica a morir. Tres voces que son tres personas y tres tiempos en un mismo cuerpo que es ya otro, de otro: muero, morirás, ha muerto.

La metáfora se repite a lo largo del libro, desdoblándose de una y mil maneras, haciéndose bolas para desmadejarse de nuevo.

“Yo despierto otra vez, pero esta vez con un grito: alguien me ha clavado un puñal largo y frío en el estómago; alguien desde fuera: yo no puedo atentar contra mi propia vida de esta manera: hay alguien, hay otro que me ha clavado un acero en las entrañas.”

Y más adelante:

“…no puedo creer lo que los dedos me dicen cuando toco ese vientre pegado a mi cuerpo pero que no es mi vientre: inflado, hinchado, abultado…”

Hasta llegar al final:

“Yo no sé… no sé… si él soy yo… si tú fue él… si yo soy los tres… Tú… te traigo dentro de mí y vas a morir conmigo… Dios… Él… lo traje adentro y va a morir conmigo… los tres… que hablaron… Yo… lo traeré adentro y morirá conmigo… […] te traje dentro y moriré contigo… los tres… moriremos… Tú… mueres… has muerto… moriré”

En Fuentes, la metáfora del cuerpo que ya no es de uno al enfermar, es piedra angular del mundo de ficción que constituye la novela. Recurro ahora a otro ejemplo para ilustrar cómo esta misma metáfora es crucial también en un ámbito distinto, el de la dura realidad.

A principios de la década de 1990, al escritor estadounidense Harold Brodkey le diagnosticaron sida. Tenía algo más de 60 años de edad y al poco tiempo moriría. De esos últimos años, dejó un testimonio exacto, lúcido, conmovedor, en el que, nuevamente, el enfermo se desdobla, se distancia de su cuerpo, busca reinventar su identidad. Hacia el final del libro, en el otoño de 1995, a pocos meses de su último suspiro, escribe:

“Estar enfermo así combina el shock —esta vez moriré— con un dolor y una agonía novedosas que me arrebatan de mí mismo. Es como visitar el funeral propio, como visitar la pérdida en su forma más pura y monumental, esta salvaje oscuridad, que no es sólo desconocida sino que además no se puede entrar en ella siendo uno mismo.”

Es tan central esta metáfora para Brodkey, que así titula su libro: Esta salvaje oscuridad, a la que no se puede entrar siendo uno mismo y que se parece a presenciar, desde fuera, el descenso a la tumba de ese cuerpo de uno, ese cuerpo de otro, ese mi cuerpo, el otro.

“A momentos me cuesta trabajo creer que alguna vez estuve vivo, que alguna vez fui otro ser, y que escribía — y que amaba o no. En realidad no comprendo este borramiento. Oh, puedo comprender el apagón, el gran poder sustituyéndome por alguien más (y por silencio), pero esta imposibilidad de tener una identidad de cara a la muerte […] Es curioso cómo mi vida ha caído en este punto, cómo mi memoria no se aplica ya al cuerpo en que mis palabras se forman.”

Una cosa soy yo, mi memoria, y otra ese cuerpo que he perdido y gracias al cual, sin embargo, sigo creando palabras. ¿Qué identidad puedo tener si ya no tengo el cuerpo que, antes que cualquier otra cosa, me la daba? Yo no soy este cuerpo enfermo, este cuerpo que muere, me rebelo: este cuerpo no soy yo. Qué lástima. Un poquito más, unos meses, un año, y la entrada triunfal de los fármacos antirretrovirales —que llegaron en 1997— hubiera regresado a Brodkey su salud, su identidad, su cuerpo.

En su tan célebre como manoseado libro, La enfermedad y sus metáforas, Susan Sontag advierte:

“Mi asunto no es la enfermedad física en sí, sino el uso de la enfermedad como figura o metáfora. Mi punto es que la enfermedad no es una metáfora, y que la manera más honesta de abordarla —y la forma más saludable de estar enfermo— es aquella más purificada de, y más resistente a, el pensamiento metafórico.”

El gran logro de Sontag en este ensayo es llamar la atención sobre la estrecha relación entre enfermedad y metáfora. Su limitación, a mi parecer, es que supone que la enfermedad puede abordarse sin metáforas.

Nuestro conocimiento del cuerpo está lleno de metáforas. Nuestro conocimiento de la enfermedad, irremediablemente también lo está.

Me refiero, desde luego, a la metáfora en su sentido original, primitivo, antes de que la retórica la desmenuzara en tecnicismos infinitos. Su sentido como una de las herramientas primordiales de la cognición.

Las metáfora del cuerpo y la enfermedad no tienen por qué ser algo estático y opresivo. Somos lenguaje y está en cada quien probarse en las metáforas que le conciernen. La escritura tiene aquí un terreno de lo más propicio y también una especie de obligación. La escritura puede crear nuevas y poderosas metáforas de la salud y la enfermedad, puede propiciar el intercambio social de esas metáforas, puede desnudar aquellas que efectivamente operen de manera opresiva y perniciosa, puede, vaya, hacer lo que siempre hace, que es al menos cuestionar las metáforas establecidas.

Ni el cuerpo ni sus enfermedades pertenecen a las instituciones; no tenemos por qué abandonarlos a su suerte. No son del cirujano, ni del fisiólogo, ni del químico farmacéutico, ni del publicista, ni de tantos otros que se arrogan su propiedad, por más que todos tengan, acaso, algo importante que aportar en su conocimiento y en su manejo. Si es cierto, como sugerí al principio de esta charla, que la metáfora es consustancial al cuerpo, el escritor tiene un papel importante que representar en la perenne discusión sobre la enfermedad, la vida y la muerte. La metáfora es su materia de trabajo y no hay manera de abordar cuerpo, enfermedad, vida y muerte, sino a través de una metáfora.

La propia Sontag no tiene más remedio que comenzar su ensayo con una metáfora, que nos resultará familiar y que se suele citar en cuanto se habla de enfermedad:

“La enfermedad es la cara oscura de la vida, una ciudadanía más onerosa. Cada quien nace con una doble ciudadanía, en el reino de los sanos y en el reino de los enfermos. Aunque todos preferimos usar sólo el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado, así sea por un instante, a identificarnos como ciudadanos de ese otro lugar.”

Es decir: mi cuerpo, el cuerpo fiel y constante de todos los días, que se podía vestir y calzar, que podía desplazarse en el tiempo y el espacio, que podía olvidarse de sí, requiere de un nuevo documento de identidad: ya no es mi cuerpo, es el cuerpo de otro.

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