Felicidad conyugal | Shakriza Bogatyreva

Fátima tenía tres hijas y ni un solo yerno. sentía a cada rato su resentimiento con la vida. Tener nietos, yernos con coches extranjeros, hijas a quienes les dan regalos caros, todo eso le sucedía a otros, no a ella.

—en cambio Halimá tiene una hija inteligente, —se lamentaba. —No alcanzó a terminar la escuela, cuando ya se había casado.

Las hijas de Fátima, de ojos claros, irónicas, sonreían en silencio. ella, furtivamente, las miraba a los ojos, suspiraba. gloria a Alá, que no se parecen a ella, sino a su padre: poco locuaces, con la misma mirada tranquila, porte delgado y una tristeza burlona diluida en el fondo de sus ojos.

—Todos tienen una vida normal, menos nosotros, —se que- jaba al marido por las tardes. —Yernos, nietos, casa llena. ¿en qué son peores nuestras hijas que esa paticoja bobalicona de Halimá?

El marido, el socaliñero y silencioso Unuj, de mala gana se desprendió del televisor: —en todo está la voluntad de Alá… Fátima enseguida explotó: —sí, si yo confiara solamente en la voluntad de Alá, nunca me hubiera casado. ¡Y eso es lo que ha quedado en las muchachas, ellas no tienen mi cerebro, sino el tuyo, nulo!

El marido refunfuñó taciturno. Hasta ahora no podía comprender, cómo le tocó casarse con esta patizamba manilarga, habiendo dejado a su novia, la bella leila. entonces no era un borracho, comenzó a beber después de casarse. el demonio lo tentó: se dejó llevar por una inexistente libreta de ahorros de Fátima con una suma de muchos miles.

—Le han hecho brujería, —cuchicheaban entonces en las esquinas las mujeres, compadeciéndolo. —semejante malcarada por dinero hace lo que sea, y no debería estar en el honorable rincón de una casa decente.

Llegó a la boda la madre de aquella ex novia, la bella Leila, doblegando su orgullo. al ver a Fátima, dicen, hasta comenzó a refunfuñar: —¡Oh, Alá, por qué monstruo se ha dejado tentar este infeliz! Nunca verán la felicidad…

Dicen que Fátima gritó valientemente desde un rincón:

—¡Muérete de la envidia por su hija, aunque yo sea un cubo de basura! ¡No me maldigas a mí, ruega más bien a Alá para que la papanduja de tu hija encuentre marido!

Dicen que al irse, la mamá de Leila la maldijo: —¡Ojalá tengas siete hijas y ningún yerno! Pero no fueron siete, sino tres las hijas que nacieron de ellos una tras otra. Y entre más pasaba el tiempo, más a menudo se acordaba Fátima de esta maldición: “Yo mataría a aquella, que le quite el novio a mi hija.”

Pero los novios y los consuegros merodeaban por la casa de Fátima como la peste. Era incomprensible, oh, cómo era de incomprensible. La casa era una copa llena, las hijas, unas bellas esbeltas de ojos claros. Y lo principal era que lo tenían todo: oro, brillantes, pellizas de visón, arcas completas de dote. el marido Unuj si encuentra un clavo curvo en la calle, lo lleva a casa. Trabajaba como empleado de un almacén, timaba, sisaba, engañaba en las cuentas con tal desolación, con tal tristeza inevitable en los ojos, que recibió el apodo de “vividor dulce”.

La codiciosa Fátima, que buscaba saciarse de todo en la vida, se adueñaba de todo aquello que no había podido ni soñar en la casa paterna. Pero de un tiempo para acá llegó a la conclusión de que la expresión “la felicidad no está en el dinero” no se debe desmentir tan categóricamente.

Probó muchos modos de atraer a consuegros a su casa. en todas partes se empeñaba en contar lo hospitalarias, laboriosas y modestas que eran sus hijas de ojos claros. abría ante cada mujer que la visitara las arcas y explicaba meticulosamente en cuánto y en dónde había sido comprada la dote. Ponía a la mesa la mejor vajilla con manjares: caviar, anguila ahumada, quesos, frutas de ultramar. sacudía con negligencia los puñados de joyas de oro y abnegadamente prometía regalarlas para toda la parentela del novio, para la casamentera, en especial.

—Ahora sin una pelliza entera y tres juegos de brillantes es difícil casarse de forma afortunada, —vaticinaba preocupada. —La hija de la Bali es una bruja pirulí, y vea qué muchacho atrapó. Tiene un jeep negro, un taller de vodka, se viste sólo con ropa de los emiratos. ¡Y por la hija de Madina vino un papanatas cualquiera a pedir su mano, dizque vestido con zapa- tos rusos! ¡Y qué es lo que ella quiere, si su hija sólo tiene un abrigo de piel! eso fue lo que le dije de plano.

Las visitas casuales desviaban la mirada de la arrogante Fátima sumida en el hartazgo, la escuchaban a medias, medio comían un poco como llevándole la corriente y se prometían no volver a franquear el umbral de esta casa.
—Nuestra riqueza es un sombraje a los ojos de todos, —engreída, pero con enojo escondido, le decía Fátima a su marido.

Al comprender que ni las promesas, ni los sobornos, ni la belleza de las hijas conseguían atraer a los novios, Fátima se decidió por una opción extrema: acudir a una pitonisa. decían que en una región vecina vivía una hechicera extraordinaria, que no sólo predecía el futuro, sino que lo acercaba, y todo esto sólo con oraciones especiales y conjuros.

Durante una semana a Fátima la acecharon ciertos pensamientos, dicen que es pecado acudir a pitonisas, pero por otro lado vivir sin marido ¿no es pecado? sus dudas las resolvió una vecina que se acercó un día en la tarde a pedirle un poco de sal:—la cuarta hija de Azamat se casó ayer, —dijo desviando la mirada, como si no fuera a propósito. —dicen que con uno de buena familia. dicen que el novio es guapo, rico, trabaja en el distrito forestal, el dinero le llueve como viruta, aunque no tiene educación superior. ¡Tuvo suerte la hija de Azamat!

Fátima se puso verde.

—Escuché que en la descendencia de Azamat nacieron niños con patas de sapo, —dijo despectivamente, olvidando por completo su apodo desde que era niña: “la rana”. —Con que esa hija no vaya a parir un renacuajo. ¿Pobre gente, por qué Alá se enconó con ellos?

La vecina pegó un salto al escuchar semejante perorata inesperada y se apresuró a su casa. Y la inspirada y terrible Fátima se movió por la casa y sacó al marido del sofá:—¡Vamos, llévame en el coche! —después se lanzó hacia las hijas: ¿otra vez leyendo libros?

Las hijas levantaron hacia la madre los ojos claros irónicos y sonrieron sin decir palabra.

—¡A la chusma de ranas de Azamat les han acomodado pretendientes, a todas! —vociferó Fátima, creyéndose sus propias invenciones. —Harapientas, que comen cada tercer día, vestidas con ropa vieja y ajena. ¡acabaron la escuela con dificultad, crecieron en los mercados! ¡Me vale su formación, si de ella sólo hay daño! ¡Quédense con sus flores estériles, las hijas de azamat procrearán renacuajos!

Las hijas se voltearon de espaldas, con un dejo de burla en los ojos.

—¿Así fue que lograste que me casara contigo? —malhumorado preguntó Unuj. sacó del garaje el coche y en la desgracia de sus hijas por no haberse casado aún sintió su propia culpa, por la traición que le hizo a Lelia.

“El Ford” se balanceaba suavemente en las curvas, Unuj resolló en silencio, el liviano volante en sus manos enormes parecía de juguete. Fátima extendió los extremos del pañuelo y se sonó nerviosamente.

Ya era de noche, cuando entraron a la aldea, donde vivía una conocida sibila y hechicera.

—¿Ahora a dónde? —Preguntó Unuj, que había callado todo el camino.

Fátima se arregló y se enderezó.

—Por acá, —ordenó con voz de mando. el marido, obediente, dio la vuelta. —ahora derecho y de nuevo a la izquierda. detente. la casucha, delante de la que se detuvo el “Ford” negro, no se parecía en nada a la vivienda de una pitonisa. Por estereotipo debería ser una fina casita de encajes con las persianas talladas y el parterre rosado alrededor, o el barracón con la chimenea arruinada, de la que a la medianoche, convertida en gatica, sale volando con siniestro aullido una bruja. Pero esta casa era prácticamente inhabitable, con las ventanas rotas y cubierta por un cinturón de maleza. —a lo mejor es la siguiente casa, —dijo imperiosa Fátima.

—Un perro ladra, ve, pregunta.

—¿Qué tengo que preguntar, que dónde hay una pitonisa aquí pues necesito casar a mis hijas?

—¡Ve, no te hagas el listo! ¡si tuvieras cerebro, tus hijas hace mucho estarían felizmente casadas!

La noche respiraba con las hierbas de verano, chirriaba con los grillos y las chicharras, susurraba con el follaje soñoliento. Fátima miraba con atención en la oscuridad.

Unuj regresó a la media hora:
—La hechicera no vive en los alrededores.
—¿Entonces dónde vive?
—¿Si no sabes, para qué vinimos?
—¿Cómo así? —se apresuró Fátima. —La gente me explicó que era en la segunda calle a partir de la carpintería, la quinta casa a la izquierda.
—¡Pues bien, búscala así!
—¡La buscaré! ¡Daré una vuelta descalza alrededor de toda el área! —vociferó Fátima, poniéndose en marcha. —Se trata de mis hijas, ¡tú no tienes nada que ver!
—Tú, —crujió los dientes Unuj. —Además gruñes, dejaré aquí a la aprendiz de bruja. ¿Cómo salir de aquí?

Fátima recordaba muy bien el camino, pero se valió de una argucia:
—Vámonos por esta calle, más rápido, —y de nuevo clavó sus ojos en la oscuridad.
—El coche, saltando sobre cada bache, salió a la periferia de la aldea. Adelante se veía el campo parejo y oscuro, que brillaba sombrío bajo la luna.
—Aquí termina el camino…
—¡Vámonos! —imperiosa levantó la voz Fátima, ya fati- gada. —¡eres un inútil! ¡Con semejante padre las hijas todavía tendrán que esperar todo un siglo!

El coche entró suavemente a la densa oscuridad y se arrastró por el lugar.

—Patina. Parece que no es un charco, sino un pantano, —dijo conciliadora la acobardada Fátima.
—Bueno, donde hay brujas, hay pantano, —respondió tranquilamente Unuj. —Y bien, sal, empuja el coche.

Fátima salió dócilmente del coche, por experiencia sabía cuándo se podía libremente gritar al marido, y cuándo valía más obedecer. recordaba muy bien, cómo justamente después de su inexplicable matrimonio, Unuj recogió todos los trastos de su mujer y los envió en una camioneta a la casa de los parientes de ella. Después, con un amigo pasó por Fátima al trabajo, la acomodó en la cajuela y la descargó frente a la casa de sus padres:
—Para que mis ojos no te vean más, monstruo —le dijo.

Después los padres de Fátima le suplicaban a Unuj para que regresara con su mujer, sin ningún orgullo le enviaban en secreto a los ancianos que tenían autoridad para que lo convencieran, le mandaban ricos regalos a su familia. Pero Unuj era inflexible:
—Esa seis patas me dañó la vida.

Durante medio año la deshonrada Fátima no salió a la calle. Y solamente cuando Unuj supo que ella daría a luz pronto, fue por ella:
—El bebé no tiene la culpa.

Pero dejó de fijarse en ella. Y cuando Leila, a quien él había abandonado, se casó con un guapo piloto y se fue a vivir a Riga, se dedicó a beber y se tornó cada vez más silencioso, la tristeza se le veía en sus ojos grises, hasta tal punto que la gente le perdonaba sus estafas y engaños en el almacén.
—Vivo para mis hijas, —le confesó en cierto modo a un amigo. —Y a ésta… la soporto en aras de ellas. Alá me castigó por mi traición con esta jibia infernal.

A veces Unuj le armaba a Fátima, involuntariamente, sobresaltos humillantes. Podía dejarla en el mercado con bolsas pesadas e irse, simplemente por olvido. Fátima, enojada, molesta, tomaba un taxi, y de inmediato sacaba fajos de billetes para pagar y que todos en el mercado la vieran.
—A mi marido lo llamaron urgentemente, —le dijo despreocupadamente a una vecina, que deambulaba en la parada de autobús.

Y altiva, engreída, se fue en el coche de servicio público. La vecina, que soñaba con pasearse en taxi, la acompañó con mirada ofendida y se trepó en el autobús polvoriento:
—Ni que fuera una a pensar que su marido es un Ministro: “lo llamaron…”

Muy a menudo Unuj se iba de parranda con rubias foráneas. Fátima desconfiaba en extremo del marido adúltero: le inquietaba que su amado se pasara de la línea con alguna de esas majas de paso. apostaba a cualquier mesura, con tal de no ser abandonada por segunda vez. en cierta ocasión, en un momento de confidencias personales, le contó a la vecina la siguiente historia:
—Una vez lavaba los trastes, cuando me llamó mi hermana: Tu marido está en un restaurante con una damisela pintarrajeada, me dijo. el vaso se me cayó de las manos. ¿ajá, —pensé— con que así? ¡Para siempre le voy a quitar las ganas de volver a un restaurante con esas compañías! Tomé a las hijas, nos fuimos en un taxi. entramos. Unuj estaba sentado de espaldas con una damisela semidesnuda: bebían, brindaban. Nos sentamos cerca. Las hijas ojeaban para todas partes, y yo a mi marido, y él a ese estropajo que tragaba por tres y reía a carcajadas. el camarero se nos acercó, ¿qué desean comer? “¡Queremos de todo, —respondí entre lágrimas, —no tenemos dinero, ese cocodrilo amarillo arranca de la boca de sus hijas el último pedazo!” sollocé con dificultad. Las hijas se asustaron, me rodearon, empezaron a gritar. Unuj nos miró, sus ojos estaban blancos. “¿Qué miras?, —le grité. ¿Tus hijas lloran de hambre, en casa no hay nada de comer, y tú te zangoloteas por los restaurantes con rameras?” desde entonces esto no se volvió a repetir.

Pero por un miedo de muerte Fátima no le contaría a nadie, cómo en casa el marido la arrojó de un puntapié al sótano:
—¡No saldrás de allá, mientras no te comas todo!

Y como ella conocía perfectamente el carácter inflexible del marido, sollozaba ahora sí de verdad, mirando los botes con queso, los cubos con salmuera y ayran, los embutidos curados de res y los lomos grasosos de carnero que colgaban de ganchos de hierro, las inmensas cacerolas con crema agria y mantequilla hervida, los anaqueles con las conservas y las marinadas.

Una hora después la dejó salir: las hijas lloraban lastimosamente, fue cuando Fátima comprendió la gran fuerza que ellas representaban. empezó con todas sus fuerzas a atar a Unuj con sus hijas.
—No pueden vivir sin su padre, —se quejaba para que Unuj oyera. —son de su misma estirpe.
esto lo escuchó Unuj, lo escuchó, y se sonrió triste, con una sonrisa que le salió curva, crispada:
—Ay, alma infeliz, —dijo él. —Si me hubiera querido ir, ni tres hijas me hubieran retenido. No tengo derecho a ser feliz, porque ya soy un traidor.

…Todo esto lo recordaba ahora Fátima, empujando con todas sus fuerzas el empantanado coche gruñón. el sudor le inun- daba los ojos, el pañuelo se le enredó en el rostro, una suciedad pegajosa le salpicó la ropa. Varias veces Unuj se metió en la oscuridad, para traer tablas, piedras, que metía bajo las ruedas para que el coche se asentara. Fumaba malhumorado y entre dientes insultaba a Fátima, le daba pena por su “Ford” nuevecito.

Finalmente, el coche de un golpe salió del pantano, salpicando a Fátima de pies a cabeza. secándose la suciedad y el sudor del rostro, apenas había abierto la puerta del coche, cuando Unuj arrancó del lugar. —¡Vuela con tu bruja en la escoba!
Fátima se aferró de la manija, y el coche la arrastró por el suelo.
—Ay-ay, —vociferó. —¡oh, Dios ayúdame! ¡Me matan! Unuj frenó, contento:
—¿Qué, arpía, te asustaste? ¿También así lograste que me casara contigo? ¿Viniste a ver a esta bruja?
Fátima sollozaba. Temblaba, de ningún modo podía siquiera secarse la nariz con el pañuelo, arrastraba la manga por el rostro.
—Ésta es la una única vez que venimos a donde tu hermana, la bruja, —dijo Unuj, mostrando los dientes. —aunque mis hijas tengan que esperar un siglo, igual que tú…
—Ni a un perro se le trata así… Te voy a dejar, Unuj, —balbuceó Fátima, sin contener los sollozos.
—¡Huy, de dónde tanta alegría! ella se irá. ¿A dónde, con quién? semejante tonto como yo, no hay otro. somos el uno para el otro, un castigo por nuestros pecados. ¡La felicidad conyugal! Como un fantasma por un camino tortuoso entre despeñaderos terribles, bajo las estrellas que brillaban en la silenciosa noche violeta, iba el coche luctuoso. dos personas extrañas miraban hacia el vacío, y del abismo oscuro que los atraía los separaban tres siluetas de muchacha… Por cierto, cualquier historia tiene un final apropiado. Todas las tres hijas de Unuj se casaron. ¿Hay algo de especial en eso?

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