Escrito en la arena.

Thierry Guichard

Estimado José Emilio Pacheco:

Anoche soñé con usted. Estaba usted en una playa que no bordeaba ningún océano, ningún mar.  Un desierto de arena tal vez. Yo había releído Las batallas en el desierto antes de acostarme, su título tal vez explica esto. Con un palo (¿o sería el tripié de una cámara?) usted escribía en la arena.  Me parece –aunque los sueños siempre son imprecisos– que usted mezclaba en nuestro abecedario imágenes surgidas de los viejos códices aztecas o mayas (disculpe mi ignorancia). Un viento débil cubría con un polvo ligero lo que usted trazaba. Yo sabía que no lo borraba, que sólo lo cubría y que usted podría escribir sobre la nueva capa, y sobre otra y otra, y cada una se sobreponía a la anterior sin alterarla.  Esta certeza es la de los sueños: está hecha sólo de dudas.

Al despertar, volví a tomar Le Lever de la mer (Écrits des Forges / Le Temps des cerises), una antología traducida de sus poemas. El libro inicia con “Oficio de poeta” y con los dos versos: “Ara en el mar / Escribe sobre el agua”. Luego fui a buscar en mis archivos recientes el número 102 de Matricule des Anges, la revista literaria mensual que dirijo. Una de nuestras mejores plumas, como se dice anacrónicamente, había dedicado allí una página completa a Morirás lejos y a Las batallas en el desierto los cuales se habían reeditado como libros de bolsillo en la editorial de La Différence. La periodista mencionaba una filiación entre usted y Borges e insistía en el aspecto salvador de su obra.

Habiendo leído y releído las dos obras mencionadas, suscribí su idea. Pero la lectura de sus dos novelas, estimado José Emilio Pacheco, y la del libro de poemas que pude conseguir suscitaron más preguntas para lo cual la arena de mi sueño podría ser una metáfora perfecta.

Algo se oculta sin cesar en la lectura de sus libros. Un misterio o una sombra, como si lo que hubiera que leer en ellos fuese precisamente lo que suprimió.

He leído que entre sus múltiples actividades, también escribe guiones para cine. Eso me autoriza, pues, a hablar del fuera de cuadro. Las batallas en el desierto y más aún Morirás lejos designan constantemente una acción fuera de cuadro que se nos presenta. Esa acción fuera de cuadro apela a la imaginación del lector, hace como un agujero negro al margen del texto y deja entender que allí se encuentra lo esencial. En Las batallas en el desierto, la acción fuera de cuadro designa a los Estados Unidos de donde vienen Jim y su madre y cuyos objetos industriales empiezan a invadir México, designa también a Jerusalén y el conflicto naciente entre Israel y sus vecinos árabes; es pues el espacio donde no vive el narrador. Pero también es el tiempo perdido, pasado, enterrado. Una escena, situada en el centro del libro, nos ilumina: es cuando el narrador, niño, descubre una foto de la madre de su amigo, Mariana, de quien se enamoró, y el retrato la muestra “a los seis meses, desnuda sobre una piel de tigre. Sentí una gran ternura al pensar en lo que por obvio nunca se piensa: Mariana también fue niña, también tuvo mi edad, también sería una mujer como mi madre y después una anciana como mi abuela. Pero en aquel entonces era la más hermosa del mundo y yo pensaba en ella en todo momento. Mariana se había convertido en mi obsesión. Por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo.”

Esta revelación de la concordancia (“ella también tuvo mi edad”) y de la urgencia ronsardiana (“en aquel entonces era la más hermosa del mundo”) llevará al joven enamorado a declarar su amor. Quienes lo han leído saben lo que sucederá después.

El dispositivo narrativo de Morirás lejos (hasta en el título) utiliza irónicamente la acción fuera de cuadro. Usted nos presenta una escena bastante trivial: un hombre (“Alguien”), sentado en una banca pública, lee los anuncios de un periódico. Otro (“M”) lo observa a través de la persiana de una casa. La escena es contemporánea a nuestra lectura.  Luego, abre otro capítulo y asistimos al sitio de Jerusalén por Vespasiano y a la destrucción del templo judío por su hijo Tito en el año 70 de nuestra era. La escena inaugural (la plaza, la banca, “Alguien” observado por “M”) se abre a toda la historia de la persecución del pueblo judío y nos llevará a páginas de una incandescencia dolorosa. La contemporaneidad del principio se amplía vertiginosamente y usted nos hace testigos del holocausto. Al principio del libro, la narración nos coloca en la posición de un espectador absoluto, ya que observamos a un hombre que observa a otro. Usted nos pone una trampa: permaneceremos como espectadores de escenas las cuales el conocimiento universal nos brindaba el alivio de no volver a proyectar: el saqueo del gueto de Varsovia, los campos de exterminio, tantas páginas de historia que habíamos logrado desinfectar o alejar de nosotros. Morirás lejos, al igual que Las batallas en el desierto, mezcla el hoy y el ayer, lo real y la ficción, lo íntimo y lo colectivo. El fuera de cuadro permite recorrer el espacio y el tiempo y allí nos volvemos semejantes, probablemente, a las almas errantes guiadas por su narración, aguijoneadas por nuestra imaginación.

Le dimos la bienvenida a Morirás lejos debido a que un novelista mexicano volteaba su mirada a algo distinto a México. Pero ¿es usted un escritor mexicano, José Emilio Pacheco?  Quiero decir: ¿no habita usted, en tanto que poeta y novelista, en un espacio que sería la suma de todos los sitios fuera de cuadro? Por otra parte, ¿no es allí donde viven los escritores (vivos o muertos) más que en un país?  Su cuerpo –su “espolio”, como diría el escritor francés Pierre Michon– es de México, es cierto. ¿Pero su escritura, no escapa las fronteras (las del país, del espacio y también del tiempo)? ¿No es la literatura el nombre del país donde se reúnen todos los países, actuales o desaparecidos, gloriosos o derrotados?

Por ejemplo, en Morirás lejos usted evoca dos veces la expropiación petrolera realizada por Lázaro Cárdenas en 1938. Creo que es en ese momento de la historia donde Malcolm Lowry sitúa Bajo el volcán, y tanto en él como en usted encontramos la película de Fritz Lang M el maldito. Veo allí el indicio de un diálogo de obra a obra que se prosigue más allá de la muerte, una forma de perseverancia de la humanidad mediante la escritura. Así, pues, se encuentran en su prosa y en sus poemas los rastros vivos de esos libros que usted frecuenta. En mi sueño, tal vez usted escribía en la arena una especie de palimpsesto universal y yo puedo imaginarlo vinculando mediante lo escrito a los muertos y los vivos, la ficción y la realidad, el aquí y el allá. La arena es a la vez la tinta y la página en blanco y es lo que el pasado nos ha legado.

La poesía, en mi opinión, está en el origen de sus novelas. La poesía como escritura y la poesía como manera de estar en el mundo.  Pienso en el niño de Las batallas en el desierto a quien le cortaron las alas, pienso en las sombras heridas que rondan Morirás lejos cuando leo sus versos de “Contraelegía”: “Mi único tema es lo que ya no está / Y mi obsesión se llama lo perdido / Mi punzante estribillo es nunca más / Y sin embargo amo este cambio perpetuo/ este variar segundo tras segundo/ porque sin él lo que llamamos vida / sería de piedra”.

Estos versos me permiten confesarle algo, para concluir: ese sueño en que lo veo escribir en la arena aún no lo he tenido. Tal vez lo sueñe mañana por la noche o alguien lo sueñe en mi lugar. Necesitaba inventarlo para darme el permiso de escribirle. Pero usted ya lo sabía, ¿verdad?

Traducción del francés de Mónica Mansour.