Mariana de S.

Nina Yargekov

Hace veintiocho años que tengo veintiocho años, pero también puede ser que esté muerta. No sé: habito un libro que no dice nada seguro al respecto, la duda está más que permitida y yo floto ignorante de mi condición, oscilando de acuerdo con las interpretaciones de los lectores. ¿Está muerta Mariana, está viva Mariana, se ha comprobado su suicidio o no es más que un rumor sin fundamento, alguna vez pensó hacerlo, tal vez sencillamente falló al intentarlo? Con cada nueva persona que abre, recorre y vuelve a cerrar Las batallas en el desierto, las barajas se vuelven a repartir y vuelvo a jugar como si fuera la primera vez –de hecho, es la primera vez– el año de mis veintiocho años, poniendo otra vez mi destino entre las manos de quien me lee, encargado de decidir si estoy viva o muerta, o incluso decidir no decidir. En todo caso, esta última figura es poco frecuente, en nuestros días los lectores prefieren los hechos sólidos, la realidad dura y unívoca con la que uno se enfrenta más que la  temblorosa jalea de la indefinición.
                En el torbellino de comentarios en que cada uno delimita, deforma o remodela mi existencia a la luz de mi suicidio con contornos imprecisos, no surge ninguna tendencia mayoritaria, el debate parece irresoluble: esta historia no mantiene su camino, no hay ningún signo precursor, ningún llamado de ayuda previo, ella siempre ha estado perfectamente sonriente y relajada, declara una institutriz inglesa acomodándose los anteojos; quién puede saber lo que realmente sucedió ese día, quién puede saber lo que impulsa a una joven a poner fin a sus días, quién puede saber lo que se tramaba en ella durante las semanas anteriores, objeta una actriz española; terminar debido a un pleito incluso violento con su amante parece de todos modos exagerado, seductora como era no podía dudar de su capacidad de encontrar a otro, replica un paseador de perros profesional sentado en una banca en Nueva York; en el estado de soledad en que estaba mal inserta socialmente, desprovista de cualquier red de amigos o familia sin nadie para apoyarla cualquiera habría acabado por quebrarse, vocifera una secretaria ejecutiva en Taiwán; su reacción condescendiente y comprensiva frente a la declaración de amor de Carlos demuestra que estaba dotada de una personalidad equilibrada y de una sólida confianza en sí misma incompatible con impulsos mórbidos, replica un ortofonista canadiense, era inestable y marginal esta Mariana, una madre soltera amante de un hombre casado o sea casi una prostituta, era inevitable que llegara el día en que le fuera difícil mirarse en el espejo, contraataca un consejero matrimonial belga; yo soy formal cuando uno tiene que criar a un hijo, no se suicida el instinto maternal se opone a esto de manera imperiosa, estalla una enfermera francesa con la jeringa de insulina en la mano; su suicidio era claramente el punto culminante de una larga crisis subterránea disimulada precisamente para poderle poner fin a sus días en total quietud sin que nadie le pusiera un obstáculo, responde una costurera uruguaya; la tasa de muerte voluntaria en México es una de las más bajas del mundo de modo que estadísticamente hablando es razonable excluir esta hipótesis, opone un sociólogo argentino desde arriba de su estrado, en la literatura las mujeres de la mala vida adúlteras o cortesanas siempre mueren, es una regla general, exclama una estudiante india; sin cuerpo no hay delito, sin duda emigró tranquilamente a los Estados Unidos para rehacer su vida, clama una periodista mexicana; de todas maneras era una histérica obsesiva, quería controlar todo, le preparaba la comida al niño desde antes y la dejaba a la vista en el refrigerador para estar segura de que se comerían sus porquerías norteamericanas, pondera un sexólogo berlinés, y en concierto con ellos miles de otras voces que desarrollan miles de otras teorías pasando por el cernidor mi personalidad, mi pasado, mis acciones, mis antecedentes, mi perfil sociocultural, mis factores de riesgo, pesando los pros y los contras indefinidamente.
                Así, todos buscan, investigan, husmean, me rastrean la pista y acaban por presentar sus conclusiones, y así se modifica y fluctúa mi situación: si un lector está convencido de mi suicidio, muero al instante, si otro no lo cree, resucito enseguida.  Mariana está muerta, Mariana está viva, mi memoria es un terreno vago donde se arrasan y reconstruyen sin cesar los recuerdos.  Sin embargo, por el cúmulo del conjunto de estas soluciones contradictorias, de tanto variar mi estado ya no varía: estoy fija en la incertidumbre. Mariana está muerta, Mariana está viva, la aguja no oscila, está desdoblada; mientras no levanten la tapa de mi ataúd para tomarme el pulso, bogaré sobre dos aguas a la vez, y no cuenten con que José Emilio Pacheco les dé la dirección de mi cementerio para que puedan ir a comprobar. No es que él no lo sepa –ese no es el problema, podría inventarlo– sino porque él ha decidido no cercenar mi destino, seguiré siendo una eterna irresuelta. Mientras tanto, después de haberse enterado de mi muerte Carlos fue a mi domicilio para tener la prueba de que yo todavía estaba viva, no encontró nada: ni un rastro de mi paso por ahí, ningún recuerdo de mi presencia en la memoria de los vecinos. Mariana está muerta, Mariana está viva, algunos afirmarán que la marea no puede ser simultáneamente alta y baja, forzosamente hay un error en alguna parte, Carlos se equivocó de edificio, de calle o de barrio, o si no incluso Mariana nunca existió salvo en su imaginación. Es cierto que Carlos no es muy confiable, dice me acuerdo y no me acuerdo, dice es una historia imposible y Mariana existió. Pero después de todo, será eso de veras lo que se le pide a un narrador, que sea confiable, preciso, detallado.  Carlos no está atestiguando frente a un tribunal, no tiene que presentar pruebas de lo que dice, habla de mí y eso basta para que yo exista. Sus palabras me hacen real y no es en una sola dirección donde nos reunimos, él me nombra y yo lo nombro de regreso. De hecho, yo fui la primera en pronunciar su nombre tal como es, intacto de ningún diminutivo, y puedo asegurarles que si hubiese dicho Raúl o Luis o Miguel “qué estás haciendo aquí”(1) cuando se presentó en mi casa para confesarme sus sentimientos, definitivamente se habría llamado Raúl o Luis o Miguel mientras que su madre que lo llama Carlitos unas páginas antes habría pasado por una loca perdida. Entonces les voy a decir, tal vez yo no sea más que un recuerdo incierto, pero soy mucho más real que todos aquellos que aunque son de carne y hueso no viven en la memoria de nadie.
                Mariana está muerta, Mariana está viva, desde luego es imposible, pero no más que el final brutal de una existencia humana. Por otra parte, ante el anuncio de un deceso acaso no decimos no es posible, el mismo Carlos acaso no dice no es posible. Esta es una broma de mal gusto en la que nunca creemos del todo, incluso parados frente a un cadáver. Mariana está muerta, Mariana está viva, no hay muerte más que la oscilante y dudosa, porque la muerte nunca jamás es un acontecimiento absoluta y definitivamente comprobado, el tiempo se bifurca y el difunto sigue viviendo en un universo paralelo.  También cuando se enteró de mi suicidio, la realidad para Carlos se dividió en dos mundos posibles, uno en que estoy muerta y otro en que estoy viva: estoy muerta y estoy viva, soy el gato de Schrödinger.


(1) Frase tomada de Las batallas en el desierto. (N. de la E.)

Traducción del francés de Mónica Mansour.