Nada más inhabitable.

Neige Sinno

“Mi único tema es lo que ya no está / Y mi obsesión se llama lo perdido” confiesa José Emilio Pacheco, autor de una novela breve considerada hoy como un clásico.  Las batallas en el desierto habla de la fuga del tiempo y de la inconstancia de la memoria. Sobre esos mismos temas, Sergio Pitol, contemporáneo y amigo de Pacheco, cuenta en El arte de la fuga una anécdota que tiene que ver con la memoria, la narración, los sueños y el miedo, a la vez que desvela algunos rasgos de nuestra relación con los recuerdos. Cuenta que una vez soñó con un personaje desconocido, “quien parecía compendiar el infinito espectro de la maldad humana”. Poco tiempo después con asombro y terror reconoció a este ser al pasear en la calle. Pensó durante un tiempo haber tenido una premonición funesta, hasta que una amiga psicóloga le dio otra explicación posible: al cruzar con el hombre había transformado su recuerdo del sueño e identificado sus rasgos con los del personaje temible. Concluye Pitol: “Desde entonces soy consciente de que buena parte de lo que creemos recordar son elaboraciones a posteriori, y que esa condición las hace indispensables para el trabajo analítico”. Una saludable duda para aproximarse a José Emilio Pacheco, quien trabaja sobre lo que creemos recordar y elabora mundos a partir de estas reconstrucciones.

Por ello es reductor considerar Las batallas en el desierto únicamente como una novela de iniciación didáctica: aunque los protagonistas sean jóvenes y el lenguaje límpido, su carácter es muy distinto. Su tema principal es la memoria, es decir la lucha desesperada y pérdida de antemano que entabla la memoria para recobrar el sabor de lo que ha sido olvidado. Nuestros intentos para recuperar el pasado son batallas en el desierto, combates condenados a la derrota. La pérdida de la juventud, la imposibilidad de parar la fuga del tiempo, la prueba de la desaparición de las cosas y los seres que uno ha conocido, la conciencia de una muerte inevitable; esos desastres sutiles y comunes son las magras cosechas de la edad. Pero “la ceniza tiene nostalgia del incendio” dice otro poema. Por esas razones la novela no está dirigida a lectores niños, pues para percibir el paso del tiempo y lamentarlo, uno tiene que haber salido, aunque sea sólo un poco, de la juventud. Ahí justamente reside la ironía del relato de Pacheco: está escrito en el tono melancólico del adulto que sabe que nada será salvado, pero recuerda la época en la cual todavía ignoraba la condena. En el contraste y el encuentro, entre las dos percepciones del tiempo reside lo trágico y la belleza de esta breve novela.

“A los diez años creía / que la tierra era de los adultos / podían hacer el amor, fumar, beber a su antojo/ ir adonde quisieran / sobre todo, aplastarnos con su poder indomable. / Ahora sí por larga experiencia el lugar común: / en realidad no hay adultos, / sólo niños envejecidos” (El polvo). Carlos, el narrador, es uno de ellos, niño envejecido que ha pasado por el olvido para llegar a donde está sin haber perdido totalmente la mirada aguda de la niñez. ¿Qué retuvo su memoria? El ambiente general de una época en la cual México se estaba disfrazando de primer mundo con ropas vendidas a crédito por Estados Unidos, algunas vagas lecciones sobre la injusticia social vista desde el hogar privilegiado de una familia de clase media (hay que respetar a todos porque nadie es responsable de su clase ni de su raza, etc.), aprendizajes, felicidades y desdichas ordinarias. Y el primer amor. También el primer amor es un lugar común. Como dijo Sartre, hablando del uso del lugar común en el nouveau roman, “esa bella palabra tiene varios sentidos: designa desde luego a los pensamientos más gastados pero es que esos pensamientos se han vuelto lugar de encuentro de la comunidad. Cada uno vuelve a encontrarse ahí y encuentra a los demás. El lugar común es de todos y me pertenece; pertenece en mí a todo el mundo, es la presencia de todo el mundo en mí”. Lugar de encuentro de lo común, la primera experiencia amorosa sin embargo rebasa a las demás experiencias por su intensidad, su inalterable singularidad. Y la que nos cuenta Las batallas en el desierto es única, no tanto por el escándalo que causó en el entorno del niño enamorado de una mujer mayor, sino porque la mujer de la ilusión amorosa desapareció misteriosamente. Quizá se suicidó, quizá se fue, no lo sabemos, pero la imposibilidad de volver a verla la transforma, tanto para el narrador como para el lector, en un espectro que acosa la memoria. La Beatriz de Pacheco nunca envejecerá, ya que Carlos no logra encontrar huella de ella después de los sucesos. Se la tragó el tiempo, y por lo mismo su fantasma, incorruptible, puede aparecer una y otra vez, inalterable, en las visiones del narrador.

No me preguntes cómo pasa el tiempo es el título de uno de los libros de poesía de Pacheco. Me han dicho que se celebra al escritor porque este año cumple 70 años. Aunque mis interlocutores se equivocaron, y se homenajea porque acaba de recibir el premio Reina Sofía de poesía, me pareció generosa la idea. ¿Por qué no? Imagino la mezcla de alegría y nostalgia que suponen tales demonstraciones para los que las reciben. Pacheco, Fuentes, Monsiváis, Pitol, Poniatowska, Leñero, para esta generación que creció en los años 50 bajo la sombra de Octavio Paz la ola de homenajes anuncia la hora de hacer el balance.

Un balance nada benévolo, pues el monstruo capitalista que se asomaba en los años 60 –como se ve en la invasión de productos y costumbres norteamericanas en Las batallas en el desierto– está ahora instalado en todas las mesas, y las consecuencias del Tratado de Libre Comercio han terminado de quitarle el disfraz: la amenaza se volvió horror. “Cómo el imperio nos exporta un mundo / que aún no sabemos manejar ni entender. / Un progreso bicéfalo (creador / y destructor al mismo tiempo / y como el mismo tiempo)” (Islas a la deriva) escribía Pacheco en 1976. Un progreso ilusorio, “imágenes que inundan los recintos de la miseria con todas las tentaciones de la abundancia” (Los elementos de la noche). No llegó la abundancia, no se detuvo la corrupción. “Tendrían que decirme si de verdad / Todo este horror es el mañana” dice otro poema de Pacheco. Como en el libro Las cosas de George Perec, publicado en 1965, Pacheco propone una radiografía de la sociedad de consumo, donde los sueños de una vida dichosa son creados por una sociedad tentacular que fomenta expectativas artificiales en quienes no pueden satisfacerlas. Y para los que llegan a satisfacerlas, es igual de terrible el abismo que perciben al darse cuenta de que el placer imaginado era un espejismo. Autores como Perec y Pacheco estaban definiendo las formas específicas de la alienación a lo occidental. “El enemigo era invisible,” escribe Perec, “O mejor, dicho, estaba en ellos, los había podrido, gangrenado, destrozado.”

El adolescente de Las batallas en el desierto anuncia con un mismo tono impasible que el negocio de su padre ha sido comprado por una gran empresa gringa, que sus hermanos se van a estudiar a Estados Unidos, que su amigo de la escuela no había comido desde el día anterior cuando se lo encontró en el autobús mientras él salía de su clase de tenis. Todo parece suceder para él con cierta indiferencia, como si no estuviera involucrado, como si las cosas no pudieran ser de otra forma. Del mismo modo que muchos aceptaron que la corrupción siguiera socavando los mecanismos del poder político en México, que siguiera reinando el clasismo, el amiguismo, las injusticias. Como cuando surge alguna rebelión y todos los poderes se juntan para reprimirla. Así la inconformidad que manifiesta inocentemente Carlos, al declarar su amor a la madre de su amigo está castigada por la familia, la escuela, la iglesia, todos juntos.

“Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esta ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia. Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola.” Sin embargo el narrador sí tiene nostalgia, o algo parecido a la nostalgia. “Qué antigua, qué remota, qué imposible esta historia. Pero existió Mariana.” El fantasma de este amor vuelve a la memoria y provoca la reconstrucción de todo lo demás. El recuerdo de Mariana es bello y lejanísimo y, como los recuerdos de lo que existió sólo una vez, es también insoportable. “Nada es más inhabitable, dice Cesare Pavese, que un lugar donde se ha sido feliz”(1). Sin embargo el narrador podría renunciar a todo salvo a este recuerdo. Duele la pérdida y al mismo tiempo es lo que más hace sentir que se ha estado vivo y que se sigue estando.

Resignarse a la ausencia de lo ausente –a la evidencia del pasado que no volverá, al futuro que no existirá–, es la actitud exactamente opuesta al pensamiento utópico que rige el imaginario de la generación de Pacheco. En la tradición cervantina, como la definía Fuentes en 1969, se trata de imaginar el pasado y acordarse del futuro. Revertir la condena. Para Pacheco, sentir el paso del tiempo, explorar la herida, permite entender que la historia somos nosotros. Como dice otro poema, somos aves de paso: “El tiempo no pasó:/ aquí está. / Pasamos nosotros./ Sólo nosotros somos el pasado”(2).

1. Cita proveniente del libro La playa (N. de la E.)

2. Como lo anuncia la frase del texto, la cita proviene del poema “Aves de paso” que pertenece a la selección Ciudad de la memoria. (N. de la E.)

Traducción del francés de Mónica Mansour.