Primer orgasmo.
Pierric Bailly
Le deseo un feliz cumpleaños. Mi tía tiene polio. Traga polilla. A ella le doy las buenas noches.
Yo no lo conozco a usted y usted no me conoce. He leído su novela, Las batallas en el desierto; del impensable 1980, yo todavía no había nacido.
Asunto de una cartera y mi cara ensangrentada diez minutos después en el espejo de los baños. Es un recuerdo de la primaria. Una cartera con tarjetas de crédito falsas. Y la cabeza entre las manos, golpeada contra la pared, unos escalones, el piso; el tipo gordo se llamaba Ludovic.
Conocí la televisión en blanco y negro en casa de mi padre. Mis padres se separaron cuando nací.
Mi padre es músico, guitarrista; pero a veces digo que toca la flauta.
A los ocho años, en casa de mi madre, con mi hermanita Lysiane, miraba la telenovela para chicas frívolas, Primeros besos.
Hoy mi padre ya no tiene la televisión. Cuando voy a visitarlo, me da algunos jabones ecológicos que fabrica una amiga suya y apestan, y te dejan la piel desagradable al tacto; uso esos jabones para lavar mis zapatos después de dar una vuelta por el bosque.
Vivo en una zona rural y montañosa. Nosotros también somos indios, no lo he dicho yo, sino un muchacho de por ahí, un cineasta que se llama Stevenin. Ya que hablamos de cine, debo decirle que las únicas imágenes que tengo de su país vienen de películas de Estados Unidos.
Hace algunos años, la madre de mi mejor amigo se llamaba Christine y era enfermera. Cabello lacio, grandes senos, aire sofisticado, exactamente lo opuesto de mi madre. Yo me pasaba todo el tiempo con Gérald; estábamos en la misma clase; regresábamos juntos de la escuela y le enseñábamos a fumar a los sapos (dudo que usted conozca esto, pegar un cigarrillo en la boca del sapo que se va a inflar y terminará por explotar). En el verano, me iba de vacaciones con Gérald y sus padres. Me pregunto si hago bien en contarle esta historia.
A los ocho años, acompañé a mi padre al fotógrafo, una parte de la tienda estaba reservada al alquiler de películas pornográficas, eché una miradita allí y la imagen que vi quedó fijada para siempre en mi mente: una mujer acuclillada frente a una fila de hombres desnudos con los penes en erección. No entendí la escena en ese momento. No imaginaba que se pudiera establecer un contacto oral con el sexo de un hombre.
Tal vez el mito de la madre del compañero de clase apuntala todas las ensoñaciones masturbatorias. Tal vez todos los padres se enamoran de los compañeros de clase de sus hijos. Tal vez mi compañera está enamorada de mi padre. Tal vez yo me enamoraré de las compañeras de mi hija. Eso también me recuerda una película de Estados Unidos.
A los trece años, ataque de apendicitis y en el hospital, allí donde trabajaba Christine, una enfermera entró a mi habitación para rasurarme el pubis. Me echó el discurso ideal para impresionar al joven muchacho que era yo: ella se depilaba el sexo íntegramente, era más cómodo, más estético y los hombres lo preferían. Tomó mi sexo con su boca antes de raparme la pelambre y yo todavía no tenía nada que echarle, pero allí viví mi primer orgasmo. Y me dije, entonces esto es el orgasmo.
Unos meses más tarde, me dije, entonces esto es el derrame.
Me enteré de que Christine, la madre de mi compañero Gérald, estaba al corriente de lo que había sucedido con su colega. Entonces empecé a soñar con ella, sus grandes senos, y cuando iba a ver a Gérald, entraba a la casa discretamente con la esperanza de encontrar a su madre a cuatro patas en la sala, con tacones de aguja y liguero.
Christine y su marido Bernard se divorciaron y ella se fue de la región; no la lloré; nunca más la volví a ver.
Si no hubiera leído las Las batallas en el desierto, nunca habría vuelto a pensar en los senos de Christine. No había amor, sólo deseo sexual. Salía con las chicas de mi clase y era trivial y decepcionante porque todos fallábamos en esa época. Nos golpeábamos unos a los otros; éramos feos juntos; jugábamos a ser duros y teníamos el culo fruncido, y todo lo demás, era un puto desfile de modas. Era lo contrario de la pasión que impide dormir como en el cine, o como el pequeño Carlos y Mariana; no era muy humano, era sin corazón. Era fluctuante y por encimita. La relación cool para hacerme el listo frente a mi compañero Gérald, que tal vez estaba enamorado de mi madre.
A ella le digo buenos días. Mi tía se atiborra de añoranzas. Necesita muletas para desplazarse. Le deseo a usted un feliz cumpleaños.
Traducción del francés de Mónica Mansour.