Escribe y cállate

Boris Boubacar Diop

Los autores africanos, sobre todo los francófonos, pasan la mayor parte de su tiempo explicando porqué escriben en otro idioma. A menudo eso les causa la molesta sensación de estar atrapados en una discusión estéril. El poeta congolés Tchicaya U’Tamsi expresó en una ocasión hasta qué punto le irritaba lo reiterativo de esa discusión. También se cuenta que Mongo Beti, agotado, le replicó a una oyente: “Señora, detesto el francés, de hecho sólo me gusta el latín y el griego”. Desde hace décadas, las mismas preguntas conllevan las mismas respuestas: nuestro público, más sensible a la oralidad que a la expresión escrita, no cuenta con los medios de comprar o entender nuestros libros.

Sin embargo, con algunas excepciones, Ngugi Wa Thiongo de Kenia y Cheik Aliou de Senegal, los escritores africanos se resisten, incluso cuando tienen la posibilidad, a recurrir a sus lenguas maternas. De cualquier manera sería justo decir que consideran el inglés o el francés como de los males el menor. Esta postura revela su legítimo temor a sentirse encerrados en un gheto que los aislaría del resto de la humanidad. De hecho, no se le puede reprochar a un poeta o a un dramaturgo querer difundir su obra más allá de su comunidad de origen. El sentido común dicta que en efecto se dirija a todos los lectores potenciales o que puedan haber en esta tierra. Sony Labou Tansi expresa esta misma idea a su manera: “escribo para todo el mundo y no sólo para los congoleses”.

Aún comprendiendo esta posición, sorprende el rechazo que implica establecer la mínima relación entre lengua y cultura. Esto es más sorprendente que en otras partes del mundo, puesto que la lingüística siempre ha estado, a veces de manera sangrienta, en el corazón de la reivindicación de la identidad. Curiosamente en África el idioma no revela ninguna línea de fractura ideológica en el campo literario1. Curiosamente, los novelistas que se oponen a todo están de acuerdo en este punto. El hecho de abandonar el dioula o el sereré no significa renegar de la africanidad. Incluso a veces se tiene la impresión de que los autores más anticolonialistas son los que menos conflicto tienen con este hecho. La paradoja es sólo aparente, ya que el creador africano posee dos públicos. Su deseo de hacerse escuchar por el opresor es tan fuerte como el de mejorar la condición de sus compatriotas. Nacida bajo el signo de protesta colectiva, la literatura africana siempre ha desconfiado de la premisa “el arte por el arte”. Está menos interesada en la realización de hermosas obras individuales que por la urgencia de resolver problemas sociales. Durante la lucha por la liberación nacional había que atender lo más urgente. La lengua del invasor tenía el mérito de existir. Los intelectuales africanos extrajeron de ahí las contraseñas que aseguraban su cohesión frente a un enemigo común.

Entre tanto, la situación no es la misma en todas las antiguas colonias. En el espacio anglófono, sólo la tenacidad de Ngugi Wa Thiongo da todavía visos de realidad al debate lingüístico. En Nigeria, las obras de Wole Soyinka cohabitan sin dificultad con las piezas en yoruba o en hausa. Según algunos analistas esta actitud relajada se debe al hecho de que la ocupación inglesa finalmente se mostró menos destructiva para las elites africanas. Además, a menudo se piensa que la lengua inglesa ha conquistado el planeta. ¿No deberíamos decir más bien que ella ha sido colonizada por las demás culturas? Podría decirse que Ben Okri y Arundhati Roy la consideran como algo de su propiedad. Su supremacía sólo molesta a los franceses, que poseen una relación casi neurótica con su lengua. Y el hecho de que ésta pierda espacios no arregla nada. La francofonía es una manera un poco chistosa de sacar el pecho frente al eterno rival anglosajón. Y ahora con los escritores francófonos de todos los continentes en su regazo, Francia quiere mostrar la proyección internacional y la vitalidad de su lengua. Al menos, así abriga la ilusión de “mantener su rango” entre las grandes naciones del mundo. Pero esa aparente apertura adolece de una paradoja: impulsando a los autores quebequenses, libaneses, suizos o marfileños al combate, la institución literaria francesa no se decide a tratarlos igual que a los del hexágono. Por un extraño desliz semántico, se ha llegado a la situación en la que un escritor francés se sentiría menospreciado si se le llamara francófono…

Quebequenses, valones, y suizos pueden apelar a una cultura francesa que los remite a un pasado a veces lejano. No ocurre lo mismo con los africanos. El lugar que les ha sido asignado en esa familia tan numerosa es esencialmente política. Permanecen en ella por dos razones: se les necesita para hacer bulto y sus dirigentes no se atreven a molestar a París. Sin embargo, todo debería alejarlos del conjunto francófono: la geografía, un pasado doloroso, la situación económica, las costumbres e incluso ¡la lengua! Esto se revela de manera mucho más clara cuando uno considera el acto de escribir desde adentro: el suizo Yves Laplace escribe sus libros en un idioma que habla y escucha diariamente a su alrededor. Es parte importante de su cultura. En cambio, no tiene nada que ver el bambara que el maliense Moussa Konaté habla en familia y el francés de sus novelas. Sin duda, ese absoluto desfase entre el universo de la escritura y el de la palabra es único en el mundo. Y afecta al relato así como la relación del autor africano con su propio imaginario. Al no poder nombrar toda la realidad física o ciertos rasgos específicos experimenta la impresión de que el silencio a veces es más poderoso que su verbo. El hecho de que las palabras se le nieguen hace su recorrido un poco torpe. Palabra en préstamo, prestada, llena de vacíos de memoria. Este punto es fundamental: quizá permite comprender porqué nuestras obras, incluso cuando intentan acceder a un registro humorístico, permanecen graves y serias. Podríamos preguntarnos si acaso trabajamos con una lengua muerta, que ya no existe en ninguna parte puesto que ha evolucionado muy poco en cuanto a léxico y sintaxis, sobre todo en el ámbito urbano. Basta con dar un paseo por las calles coloridas, alegres y estruendosas de Yaoundé o de Khinshasa para tomar por asalto el contraste entre la vida real y nuestras obras de ficción que se suponen dan cuenta de ella. Nuestras obras terminan hablando de un universo que no nos representa. Con el fin de manejar este aislamiento, Masa Makan Diabeté anunció “hacerle bastardos a la lengua francesa”. Por su parte, Ahmadou Kourouma, rechazando las normas gramaticales por ser demasiado restrictivas, las adaptó al habla malinke. Su iniciativa, bien acogida por la crítica, no deja de ser muy ambigua. Cheikh Hamidou Kane expresó claramente su desacuerdo en una entrevista en el periódico Le Matin de Dakar: “No estoy de acuerdo con mi amigo Kourouma: cuando se utiliza el francés para escribir en francés, debe hacerse correctamente”. Sin dejar de reconocer la importancia del autor de Soleils des Indépendances, muchos de sus colegas han expresado las mismas reservas, a veces con mucho menos delicadeza.

De cara a aquellos autores que defienden un estilo rigurosamente clásico, el rechazo a todas las cadenas puede parecer innovador, incluso subversivo. No es nada de eso. De hecho, el “modelo Kourouma” es el reconocimiento de la impotencia. Termina proclamando que el malinké debe perecer o podrirse al interior del francés, que este no es sólo un instrumento que la historia nos ha impuesto temporalmente sino aunque parezca imposible es nuestro único destino. Cada pueblo tiene bastante que resolver de sí mismo. Podría ser el caso de que la lengua de Molière necesitara una pequeña revolución. ¿Y luego? Ese no es asunto nuestro, más bien es un problema de los escritores franceses. Lo urgente es ubicar la pregunta lingüística en el centro de la reflexión acerca del futuro de las sociedades africanas. Desde ese punto de vista, es mejor inspirarse en las ideas de Cheikh Anta Diop que en las de Kourouma.

Finalmente en materia de creación literaria sólo son válidas las convicciones de una experiencia individual así como las emociones íntimas. A fuerza de enfocarse en la recepción del texto, se ha terminado por abaratar el simple placer de escribir. Los autores tienen el derecho de escuchar sus impulsos del momento. Incluso si algunos jóvenes novelistas, Kossi Effoui y Daniel Biyaoula entre otros, reivindican cada vez más su libertad como creadores, nuestra literatura sigue estando en deuda con el origen de sus designios políticos. Dispuesto a borrarse humildemente detrás de su público, al escritor africano se le dificulta encerrarse en su “yo”. Quizás he ahí el porqué de que nuestra literatura se reduzca a texto de ficción. La literatura africana está desprovista de esos “contornos” que son para las literaturas más antiguas, las correspondencias entre escritores, los diarios íntimos, las memorias, los ensayos y las confesiones. A menudo se sabe poco sobre la relación del novelista con la realidad, sobre su concepción del relato, sobre la diferencia entre el texto que se había planteado al inicio y lo que terminó por escribir. Rara vez experimenta la necesidad de expresar de manera completa y espontánea los mecanismos de su ficción. Algunas preguntas se le plantean desde afuera. Él las contesta de buena gana, con la libertad de contradecirse alguna vez. Esta situación puede resumirse diciendo que siempre alguien habla por el autor africano y le ordena con altanera severidad: “escribe y … cállate!”.

Asumirse como una conciencia singular, no significa traicionar a su comunidad sino abrevar en las fuentes mismas del arte. La ficción es un acto de ruptura. Busca menos disimular los conflictos y las fallas del grupo social que revelarlas a la luz del día. El escritor es por definición un traidor. Eso también quiere decir: un ser de puro amor. Me permitiré decir porqué, después de haber publicado libros en una lengua extranjera, decidí escribir en lo sucesivo también en wolof. Durante los últimos veinte años, el francés no me planteó ningún conflicto. Soy de los que lo consideró siempre como una solución aceptable. Nunca tuve la sensación de alejarme de mis raíces africanas al adoptar esta postura.

A decir verdad, si no me interesé de cerca por el genocidio ruandés de 1994, mi actitud permanecerá estrictamente siempre la misma.

La principal conclusión que extraje de la tragedia ruandesa es que es el resultado en gran medida de la voluntad del gobierno francés de preservar sus zonas de influencia en África negra. Cientos de miles de personas murieron porque Francia no quiso bajo ninguna circunstancia y a todo precio abandonar a su suerte un bastión francófono “amenazado” por el enemigo anglosajón proveniente de Uganda. Además, la lectura del genocidio ruandés por ciertos intelectuales y políticos franceses influyentes fue, a mi parecer, totalmente abyecto. Declaraciones insultantes se propagaron en la prensa occidental. La denigración se extendió rápidamente por todo el continente africano. Y uno lee por aquí y por allá que la colonización fue, dígase lo que se diga, “una servidumbre voluntaria”. Los racistas realmente nunca claudicaron, pero hasta hace algunos años se sentían obligados a ser un poco más discretos. Sus declaraciones son contundentes: las víctimas de 1994 no cuentan, pues se trata de negros. Reconocer esta situación nos obliga a mirarnos con atención en el espejo. Después de todo mi país, Senegal, mantiene relaciones llamadas de cooperación con Francia, de hecho neocoloniales, idénticas a las que condujeron a París a comprometerse gravemente con los carniceros de Kigali y de otros lugares.

Escribir en wolof es una manera de protegerse de los golpes bajos y de los escupitazos, una manera de sentir bajo los pies un terreno sólido y tranquilizador. De alguna manera, el sentimiento de vivir en un mundo peligroso conlleva a cada uno de nosotros a adentrarnos en nosotros mismos. Buscar consolidar el estatus de las lenguas africanas no es librar una batalla en la retaguardia sino al contrario, mirar hacia el futuro. No se ha dicho lo suficiente: la desconexión de las esferas lingüística y cultural pone en peligro a naciones enteras. A menudo el ex colonizado sueña con convertirse en el Otro. Ignoro lo que sucede en otras partes de África, pero en Senegal, donde la existencia de las lenguas nacionales afortunadamente está lejos de desaparecer, no es raro escuchar a parejas de intelectuales prohibirles a sus hijos hablar otra lengua que no sea el francés. En ciertas escuelas privadas, la misma prohibición se pone en práctica, como en tiempos de la Colonia. Pude regresar al wolof pero soy consciente de que no todos los escritores africanos cuentan con esa posibilidad. Sus lenguas maternas no han sido codificadas y ellos no las han estudiado en la universidad. La mía tiene, desde el siglo XIX, una literatura en alfabeto arábigo y luego latino. El poema de Seriñ Musaa Ka,“Xarnu bi” (El siglo) estaba ya consagrado a las consecuencias de la crisis económica de 1929 en su Baol natal… Mi cambio de rumbo lingüístico sorprendió a algunos de mis amigos. Pude observar en sus reacciones cierta inquietud, hostilidad o lástima. Para ellos, una elección tan absurda nos obliga a perder muchas cosas de manera simultánea: público, prestigio e incluso los pocos ingresos con los que puede contar una carrera literaria. Jamás he declarado que no volveré a publicar una novela en francés.

Cualquier lengua, incluso aprendida a la fuerza, termina por enriquecer al ser humano. Por lo tanto sería estúpido declararle la guerra a alguna. Recordemos los ejemplos de Ngugi Wa Thiongo, Rachid Boudjedra y Raphael Confiant quienes a partir de cierto momento no habrían podido sostener su apuesta de escribir en kiyuyu, árabe y creol. A veces he tenido que responder preguntas divertidas pero ciertamente reveladoras de cierta actitud: ¿Existen verbos en wolof? ¿Eso se escribe de izquierda a derecha o a la inversa? Todo eso ha hecho posible descubrir que muy poca gente en África y en Occidente crea en la capacidad de las lenguas africanas de expresar un universo interior. Quizás yo mismo tenga las mismas dudas y no oso confesármelo. Nuestra alienación es en verdad tan profunda que el regreso hacia uno mismo requiere de mucho valor y una pizca de locura. Pero aquel que se atreva a aventurarse será ampliamente recompensado ya que, ahora lo sé, escribir en la lengua materna hace posible experimentar sensaciones únicas. ¿Razón de ser del débil resplandor internacional de nuestras lenguas? Se comete un grave error al aplicar a la creación literaria africana las medidas de evaluación que le son totalmente ajenas. No ha podido comprobarse que una novela escrita en pulaar o swahili carezca de público. Las cifras disponibles prueban lo contrario. Pero suponiendo que sea así, se sabe que toda la literatura se concibe en el dolor y durante mucho tiempo. Requiere de siglos e incluso milenios para erigirse. Juzgada bajo ese crisol, la literatura africana de expresión francesa no es sino un breve periodo de transición dentro de una trayectoria mucho más compleja. El simple hecho de escribir en nuestras lenguas no resolverá todos los problemas. Teniendo en cuenta el tiempo perdido la tarea tampoco consistirá en permanecer en reposo. Sin embargo, librarse de la alienación tiene ese precio. El escritor juega un papel que no consiste en decirle a los demás qué deben pensar o hacer, sino, mucho más modesto, hablar de sí mismos según sus propias ilusiones. El escritor no sólo se sirve de la lengua, la crea y con ella contribuye a cambiar la sociedad. Al escribir en wolof, tengo sobre todo la sensación de ocupar un lugar en una historia literaria en vías de construirse.

Cuando comparo hoy mis novelas anteriores a Doomi golo, me doy cuenta que las palabras del Otro me ayudaban a decir tanto como a callar o a balbucir torpemente. Siento un vivo placer al decir que nunca hablo francés en la vida cotidiana. Eso no tendría ningún sentido en la sociedad en la que me desenvuelvo. El francés es para mí una lengua de ceremonia, mi idioma de domingo de alguna manera. Estoy descubriendo que en la literatura el sentido reside en el eco, en la resonancia pura de las palabras. Las que utilicé para escribir Doomi golo no provienen de la escuela ni del diccionario sino de la vida real. Hasta ahora, las palabras regresan de un pasado muy lejano y si su rumor me es tan familiar y agradable es porque todas las fibras de mi ser pertenecen a una cultura oral.

Nunca antes mi infancia estuvo presente tan naturalmente en mis ficciones. De pronto me pregunto si en definitiva esa decisión no es una maniobra inconsciente para escuchar de nuevo la voz de mi madre muerta hace algunos años, o las voces de otras personas que ya había olvidado por completo. La verdad es que todas ellas provienen de lugares secretos. Estaban tapiadas desde hacía mucho y sólo esperaban que les fuera dada una segunda vida, tan larga como la misma eternidad.

Hay que recordar que la cuestión lingüística siempre ha estado en el centro de la lucha anti apartheid. El rechazo del afrikaans (habla holandesa de África del sur) fue el origen de las revueltas estudiantiles de Soweto en los años setenta.

Ya no sabemos si sorprendernos del candor revisionista de estos tiempos en un país en el que a partir del 23 de febrero de 2005 se promulgó una ley acerca de los aspectos positivos de la colonización. A menudo se olvida: sólo el párrafo 2 de su artículo 4to fue revocado. Según una encuesta del periódico Le Figaro, la ley cuenta con la aprobación del 65% de los franceses…