Máquinas de la muerte

Shakriza Bogatyreva

Cátedra del exilio

La viejecita se llamaba Indzhí. era parecida a una cuenta de vidrio: ágil, regordeta, con ojos azules confiados. la querían los niños, los perros y hasta las vecinas. Sobrevivió a todos los cambios de edad y a todas las revelaciones con una cierta persistencia rosácea, tornasolando de niña a muchacha, y resecando de mujer a viejecita.

Su marido, declarado enemigo del pueblo por los celosos soplones, desapareció en las islas de Solovki, y el hijo y tres hijas fueron criados por Indzhí. Las hijas se casaron antes de la guerra, y el hijo se fue al frente de voluntario en los primeros días de la guerra. Y murió: era un muchacho valiente, belicoso y romántico, como todos los Bogatyriev.

—Que no le mande a usted alá, lo que a mí me ha mandado, —le decía a los que llegaban a darle las condolencias, y las lágrimas rodaban de sus ojos. una avalancha ininterrumpida de lágrimas lavaba de su rostro los brillos rosados del sol poniente de su existencia.

Después llegó una desgracia aún mayor. Al pueblo karachay lo declararon traidor, una noche fría de noviembre sacaron a la gente de sus casas y la hacinaron en vagones de madera para ganado. ancianos y niños enmudecidos por la perplejidad y el despojo, que habían perdido las esperanzas y la cuenta de los días, fueron enviados a las estridentes y penetrantes estepas heladas de Kazajstán.

Los primeros dos años la gente moría como si a esos lugares hubiera llegado la peste bubónica, que por alguna razón diezmaba selectivamente a “los emigrantes especiales”. Morían de frío y de hambre, de enfermedades desconocidas, se congelaban en la estepa, se entumecían en los cobertizos helados, que de ningún modo podían ser calentados, sin importar la barrilla que se quemara. A la barrilla los lugareños la llamaban caña espinosa, que había que recoger en ciertos lugares inaccesibles, de intenso viento y especialmente adversos. Los caucasianos estaban acostumbrados a calentar con leña, la leña de las montañas cubiertas con bosques de coníferas puntiagudas, era suficiente. ¿Y allí, en una estepa helada, dónde y cómo encontrar combustible? Pero como era de esperarse, sin importar el hambre, el frío y las enfermedades que mermaban a las personas, nadie de los karachays se comía los gatos, los perros, la carne de cerdo o la carroña. Morían, como vivían, obedientes a la voluntad del Altísimo.

Después llegó a ser un poco más fácil. en el sentido de que ya no se morían a miles, y aprendieron a preparar la comida incluso utilizando la misma barrilla. La angustia, la melancolía y la perplejidad eran las mismas, pero la gente ya se había habituado un poco, los lugareños no diezmaban los salvajes ojos bizcos, no los llamaron más “bandidos, antropófagos”, porque de pronto comprendieron: al fin y al cabo eran sólo ancianos y niños. Y las mujeres eran las que sacaban adelante al pueblo: en el día escardaban, ordeñaban, segaban, cargaban con las jornadas de trabajo, y todas las noches hasta la madrugada tejían o cardaban la lana con aditamentos primitivos. En el pedestal se erguía vertical una cresta con punzantes espinas-agujas afiladas y en estas espinas se engarzaba muy a menudo un manojo de lana. A veces se golpeaban con fuerza los dedos sobre las agujas, levantando la piel, abriendo hasta sangrar los dedos y las palmas. Entonces prendían fuego rápidamente a la lana y la aplicaban ardiente a la herida. La sangre se coagulaba, el trabajo continuaba, no prestaban atención al dolor: el sentimiento de dolor constante se volvía tan habitual, como la falta de sueño, la mala alimentación o el trabajo inmutable.

¿Puede ser que por esta laboriosidad, el miedo y la sospecha de los lugareños se transformó en respeto a los deportados? La sabiduría natural, la moderación, la bondad y la laboriosidad, cualidades distintivas y constante inmutable de los karachays, cambiaron muy rápidamente la opinión de los lugareños sobre los emigrantes especiales como “antropófagos con cuchillos enormes”. Ya que, además de todo, la banda de Stalin también había difundido tal rumor entre la población local, antes de deportar al pueblo karachay.

Indzhí estaba sola en casa aquella noche. un teniente jovencito, que dio lectura de la orden de traslado a la perpleja viejecita, miró atentamente su rostro redondo rosado, por lo visto pensando que se trataba de una mujer rusa que había caído de cualquier manera en estas montañas ríspidas, y sintió lástima por ella.
—Tome todo lo mejor que usted tenga, —dijo él rápidamente. —¿oro, plata, qué tiene usted?

Indzhí entendió la palabra “oro”, y cayó en cuenta que precisamente con oro se puede pagar la independencia a los militares terribles, sacó rápidamente del baúl la bolsita de cuero con las joyas familiares de antes de la revolución, las pecheras de terciopelo con los insignias de plata, dos cinturones femeninos de plata y unos ornamentos masculinos de su hijo. escondió el cinturón de su hijo en el pecho, y envolvió lo demás en pañuelos bordados de seda y se los tendió al teniente. Éste, con un movimiento de cabeza señaló hacia el baúl:
—Saque todo, le servirá. No olvide los documentos.

Indzhí entendió la indicación del teniente. en silencio sacó los cortes de lana de cordero y de seda china, las mantas de camello y de lana, las cucharas de plata y los puñales antiguos, un pequeño cofrecito con adornos de oro, y el teniente ponía todo esto en un saco grande. después él arrancó de la pared tres tapices, “yo los llevaré” y se lanzó a la alacena:
—¡Vamos, abuela, muévase! ¡Hay poco tiempo!

Y apresuradamente empezó a tirar los víveres en otro saco. Indzhí, sin asombrarse de su avidez, que ya había visto durante la revolución, cuando tanto blancos, como rojos irrumpían así en las casas para apoderarse de todo lo que no lograban esconder de los baúles y alacenas, con indiferencia tiró en el saco el bote de tres litros de hojalata con té aromático de China. Oh, cómo le sirvió después en Kazajstán ese bote: los kazajos, grandes aficionados al té, con alegría cambiaban un kilogramo de harina de maíz por una cucharada de té.

Indzhí, en cierto modo, tuvo suerte en seguida: no tuvo que vivir en invierno en los cobertizos para el ganado, no tuvo que vagar durante horas bajo el frío atroz por la estepa en busca de combustible. la albergó una familia rusa de campesinos ricos expropiados que, probablemente como sucedió con el joven teniente, la tomó por rusa. La acomodaron detrás de la cocina, en un nicho caliente con una pequeña ventanilla. Al principio ella, como otros karachays que tenían algo y a quienes los militares no habían conseguido tomarles las joyas, cambiaba cosas y alhajas de oro por comida, pero después se enseñó muy rápidamente y comenzó a tejer. Tejía unos chales maravillosos, blancos, esponjosos, ligeros, con flecos colgantes. Tejía durante días, en los campos de remolacha y algodón, donde desde el amanecer a la noche trajinaban todos los karachays aptos para el trabajo, ella no podía trabajar por la edad. Blanqueaba la lana en una lejía especial, secreto que su madre le había transmitido, la hilaba. El hilado resultaba parejo y velloso. los chales acabados los adornaba con flecos y los dejaba un día “removerse” en el viento. Las kazajas hacían cola para comprarle uno. Indzhí cambiaba los chales por harina, aceite y lana. la lana la trataba y tejía de nuevo, la comida la dividía en tres partes. el aceite y la mayor parte de la harina los distribuía entre los ancianos enfermos y los niños, en memo- ria del alma de su hijo muerto, para ella dejaba harina para la mazamorra, y otro tanto la almacenaba en el odre de cuero. Por si acaso sucediera un nuevo traslado, no lo quiera Alá, o si encontrará a sus tres hijas en la estepa sin límites de Kazajstán, una tierra extraña e impuesta a la fuerza.

Pero los vecinos sabían, y se lo ocultaban, que la hija mayor, Zalihat, que iba en otro tren, había sido muerta de un tiro por un desenfrenado chekista en el camino. ella enloqueció cuando dejo caer a los carriles a su hijo de tres años. el niño, como tantos otros infantes, se enfermó de disentería en el camino. En el vagón alguien encontró una barra de hierro puntiaguda y sin que los guardias se enteraran, las mujeres hicieron un agujero en la pared, que sin falta tapaban con lo que podían, y por necesidad con los brazos estirados y contraídos por el espasmo, sostenían a los niños en el hueco para que hicieran sus necesidades. Cuando Zalihat sostenía a su hijito, el tren de repente se sacudió tan fuertemente que las personas cayeron unas sobre otras, y Zalihat, aunque sostenía al niño, como un águila a su presa, lo dejó caer directamente bajo el tren.

—¡Ay-ay-ay! —gritó de forma salvaje y empezó a trepar al agujero. Las mujeres se agarraban de ella, sin permitirle saltar tras el hijo, y ella, delgaducha y pálida, de repente halló una fuerza sobrehumana, se batió y se escapó posesionada por una rabia indómita. Después desfalleció, se sentó en un rincón y comenzó a balancearse. Y cuando con un chirrido se abrió la puerta del vagón, saltó como una pelota, y con toda la potencia de su puño golpeó al escolta en la nariz.

—¡Asesino! ¿Y ahora qué debo hacer? ¿Qué otro niño te quieres tragar?
—Ay, tú, puta, —gruñó el escolta aturdido, secándose la sangre, y en el trance le disparó. las mujeres y los niños gritaron, y entonces él los encañonó.
—Métanse, bestias. a todos los pondré aquí, plebes.

Los niños asustados se agazaparon en el rincón, y las mujeres, tan pronto como se puso en marcha el tren, con lo que pudieron, taparon el agujero en la pared.
—El vagón de la muerte...

Serían muchos los sufrimientos y las penas que vería después la gente, pero la terrible suerte de Zalihat y su hijo fue algo que nadie olvidó. Todos lo sabían, menos Indzhí. ella creía sagradamente que un buen día su familia se reuniría.

Alá escuchó sus oraciones, cierta vez la llamaron de la comandancia. Todos los deportados especiales estaban obliga- dos a firmar una vez al mes, y el que no lo hiciera podría verse amenazado con la cárcel. “Me parece que la semana pasada fui a firmar”, —pensó, pero de todas formas volvió a ir.

—Y bien, abuela, alégrese, —sonrió mostrando los dientes el comandante. —Hemos encontrado a tu familia, a tu hija y tu yerno.

Luego entró el yerno e indzhí comenzó a llorar al ver, en lugar del alto, espigado y guapo Mahmud, a un hombre delgado que arrastraba una prótesis abajo de la rodilla izquierda, negándose a reconocerlo.

—Perdí la pierna en la batalla de Kursk, —dijo Mahmud, sonriendo desconcertado, y su sonrisa infantil le hizo recordar a Indzhí que se trataba en realidad de su yerno.

—Ha venido por ti, —se metió el comandante. —se te ha permitido, abuela, ir a donde está tu familia. los papeles ya están listos. a él, como combatiente del frente, no se le puede negar nada. enviaron un vehículo por tí.

Indzhí asentía, sin entender del todo lo que le decía el comandante. Pero sintió algo, una gran felicidad y un incomprensible temor la acechó, sin saber de dónde.

El vehículo los esperaba en la calle, era un camión de redilas altas, parecido a un “studebaker”, de esos en los que cargaban al pueblo, cuando lo enviaban al presidio y la muerte.

—Tengo miedo de algo. Por ti temo, no por mí, yo ya viví lo que tenía que vivir. Ésta es una máquina de la muerte. en éstas nos trajeron...

El yerno se echó a reír.

—Yo viví la guerra, he visto las máquinas de la muerte. Vuelan por el aire y se arrastran por la tierra.
—Mejor viajemos mañana, en otro vehículo...
—Aquí no es sencillo encontrar transporte. Y tu hija no cierra ni por un instante sus ojos, esperándote. No le creyó a sus oídos, cuando supo que tú estabas viva, lloró y me apresuró a que viniera por ti.

Indzhí comenzó a llorar, enjugando torpemente con sus manos encallecidas las lágrimas.
—Verla me hará feliz.

El chófer era alto, huesudo, torpe y callado. sus ojos eran de un raro color nácar azuloso, que brillaban como si estuvieran cubiertos de mica. Usaba botas altas de caña de lona un poco grandes, y fumaba sin cesar y tranquilamente, sin esconderse del viento húmedo de febrero. Cuando el yerno comenzó a echar en la carrocería del camión las cosas de Indzhí, el chófer de pronto se animó, sonrió abiertamente, mostrando unos enormes dientes amarillos ahumados, y la mica en sus ojos comenzó a chispear.

—¡Eh, abuela, eres una burguesa! —gritó alegremente, ayudando al yerno a cargar las cosas de Indzhí. —¡En años de hambre estás en la abundancia! ¡siéntate mientras en la cabina, en un instante traeremos todo!

Indzhí tímida y agradecida sonrió. Se acordó del joven oficial que recogió sus cosas la noche del desalojo, que Alá le de vida larga. Gracias a ese teniente ella logró evitar morirse de hambre, y ahora loaba a Alá por haber encontrado a su hija y su familia. Mañana por la mañana abrazaría a sus nietos, mañana por la mañana.

El vehículo iba por la inanimada estepa helada. Adelante y atrás, sin final y sin límites, Se alzaba un desierto de hielo, en algún sitio en la lejanía gris azulada se estremecía el horizonte en la brisa empañada.

Indzhí, habiéndose calentado en la cabina, dormitaba, extenuada de las recogidas y el camino, pero más de la propia debilidad.

—Está cansada la viejecita, —dijo compasivo el chófer, mirando de reojo a Indzhí. —De dónde esta viejecita achacosa ha logrado reunir tanta bondad.

El vehículo inesperadamente se estremeció y se detuvo.
—Ah, algo malo sucede, algo con el motor. ¿entiendes de motores, soldado?
—Muy poco...

El chófer salió y empezó a ocuparse del motor. Se ocupó durante un largo rato. Finalmente se asomó detrás del capó.
—No, así no se pondrá en marcha, —dijo, entornando los ojos y secándose las manos con un pedazo de franela. —Y bien, hermanito, sal, empuja el vehículo, yo solo no podré. Está oscuro, ni el diablo puede ver.
—Cuál es el problema, —dijo de buena gana Mahmud, pero salió de la cabina casi a regañadientes. El muñón de su pierna se arrastró por la tierra helada, con dificultad se paró sobre ella y, cojeando, caminó hacia el final del vehículo.
—Media pierna y además entumecida, —dijo un poco culpable, como si se disculpara por su mutilación. —¿Y así tengo que empujar el vehículo?
—Espera, —dijo el chófer, asomándose de nuevo desde el capó. —Me haré en el volante. Tú empuja, yo intentaré prender el camión.
—Así me calentaré un poquito, —bromeó Mahmud, sin- tiendo cómo el frío se colaba bajo su viejo capote militar.
—¿Hacen como veinte grados bajo cero, cierto? —Y empezó a empujar con todas sus fuerzas la carrocería del vehículo. el cre- púsculo se hizo más denso, y las estrellas brillantes que tiritaban de frío, cortaban la noche helada. la pierna con la bota de caña de lona se deslizaba sobre la tierra de hielo, el muñón de la otra pierna se arrastraba, el vehículo gruñó, y de repente el trozo de madera en que se apoyaba, se deslizó inesperadamente debajo de sus manos, y Mahmud cayó, sin que su muñón pudiera asirse en la tierra escurridiza. el camión centelleó y desapareció instantáneamente en la oscuridad, llevándose a la durmiente Indzhí.

Una terrible sospecha se adueñó de Mahmud.
—¡Detente, bandido! —furioso y sin fuerzas gritó, se levantó con dificultad y se echó a correr detrás del camión, estaba tan oscuro que no veía ni por dónde iba, golpeando con el muñón el suelo congelado. —¡detente!

Estaba solo en la inmensidad de la nocturna estepa helada. una vacuidad negra lo rodeaba. su grito voló muy alto y se disolvió en el cielo oscuro y frío, y solamente un eco débil le llegó como respuesta:
—oh.