¿Cómo qué te moriste, si nos debías?


Elena Poniatowska

Cátedra del exilio

En su muy desordenado estudio, a un lado del escritorio cubierto de papeles sobre los que saltaban Mito Genial y Fray Gatolomé de las Bardas, Carlos Monsiváis tenía un cuadro del grabado de dos perros que Ricardo Martínez hizo especialmente para la primera edición de “Pedro Páramo” -publicada por Letras Mexicanas en 1955– con una larga dedicatoria que Monsi cuidaba como la niña de sus ojos.

Debajo de los perros, con la lentitud de su letra esmerada, Rulfo escribió el primer párrafo de “Pedro Páramo” y se lo dedicó a Monsi que lo atesoró desde el momento en que Rulfo se lo puso entre las manos, sin darse cuenta entonces, que con esta ofrenda, contribuía también al Museo que Monsi haría más tarde. La dedicatoria guarda un enigma porque Rulfo la fechó en 1988, siendo que se la dio a Monsi en 1984. Era uno de sus tesoros como lo fueron sus gatos, su familia, sus amigos.

Pedro Páramo, alias Juan Rulfo, ha de estar envolviendo a Carlos en su abrazo, Susana San Juan también, a pesar de su renuencia, Damiana Cisneros, la Caporala de la Media Luna seguro le abren la puerta de la troje para que sienta el calor del maíz, Dorotea, la Cuarracua con su bulto en las manos le pasa a su falso bebé para su gran horror.

Rulfo quería a Monsi como lo quiso Octavio Paz, como lo queremos nosotros que ahora le preguntamos: “¿Por qué te fuiste? Ni te tocaba y te adelantaste”.

Monsi vivió adelantado desde que publicó su “Autobiografía precoz” en 1966. Se adelantó a sus contemporáneos, se adelantó a sus pares, se adelantó a los acontecimientos, a la política de izquierda, a los movimientos sociales, a los días de guardar, al estado laico, al cine, a la lucha contra la homofobia, a la pavorosa situación que ahora vivimos en México, a la fe en nuestro futuro cuando Alberto Isaac filmó “En este pueblo no hay ladrones” y se hizo la ilusión de que seríamos un país grande y fuerte y no enterraríamos nuestro futuro.

“¿Y qué crees que es la vida, Justina sino un pecado? ¿No oyes? ¿No oyes cómo rechina la tierra?”, Monsi asumió los rituales del caos y lo hizo en forma insuperable.

“¿Por qué te fuiste, Monsi?” Nos dejaste como guajolotes.

En los muros de su casa de San Simón en la colonia Portales los vecinos escribieron mensajes. Lo conocían bien, lo veían salir de su casa, lo abordaban, él les devolvía el saludo con su sonrisa buena y sus manos cuyos dedos siempre estaban cubiertos de curitas. En la calle, la gente lo quería y le llevaba gatos. Una de sus últimas frases que ahora tiene visos de profecía fue: “Sin mis libros me sería imposible vivir y sin mis gatos también. Los libros no maúllan ni los gatos proporcionan sabiduría, por eso no podría elegir. Preferiría entonces vivir sin mí”.

Los que vivimos sin él, somos nosotros.